La menopausia: el camino a la locura

HISTORIAS
Lucía Hernández

Cuando Menchu –nombre ficticio- cumplió cincuenta y dos años, se dio cuenta de que entre la vida y ella se elevaba un muro infranqueable: la vejez. De la noche a la mañana, su cuerpo -como el de tantas otras- empezó a cambiar, y se fue convirtiendo en una ajada sombra de lo que tiempo atrás había sido. Sin previo aviso, la menstruación se despidió de ella, los pechos precipitaron su inexorable caída y la tripa comenzó a crecer hasta el punto en que parecía que le acosaba. Ya era oficial: los estrógenos la habían abandonado. Dejando atrás una juventud que había sido de todo menos eterna, emprendía el largo camino de la menopausia, un infierno del que ni siquiera hoy, diez años después, ha logrado salir.

-¿Ha sido su etapa más difícil como mujer?

-Sí, porque es una fase en la que los hijos son ya mayores -por lo que no tienes que estar volcada en ellos- y empiezas a perder a tus padres. Toda esa mescolanza de sensaciones provoca que mires más hacia ti misma. Y te encuentras con una mujer mayor que, encima, tiene que sobrevivir a los síntomas de la menopausia.

Esos síntomas son muy variados y no afectan a todas las mujeres por igual. Pero los más habituales son el aumento del colesterol malo y disminución del bueno, la osteoporosis y el incremento del tejido adiposo y del riesgo cardiovascular, afecciones que invadieron a Menchu de lleno y que no ha conseguido superar. ¿La prueba? Las cuatro pastillas diarias que debe tomarse: para el colesterol, para la tensión y el corazón, para el estómago y para dormir. “En mi vida me había medicado, tenía una salud de hierro”, puntualiza. Es cierto que muchas no los sufren –o no los aceptan-, sin embargo, el 85% de las señoras admite un deterioro de su calidad de vida, según la Asociación española para el estudio de la menopausia (Aeem).

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El kit de pastillas de Menchu

Con todo, para Menchu lo peor fueron los sofocos, que la invadían en el instante más inesperado. En el cine, tomando el aperitivo, en el dentista, en el ascensor…parecía que no había lugar en el que estuviera a salvo: “es un calor que te empieza por el cuello y se te sube por toda la cabeza, dejándote una sensación de desasosiego horrible”. Ese ardor del que habla tiene su origen en el hipotálamo, según Imma González, médica experta en Terapias: “como el nivel de hormonas (estrógenos y progesterona) disminuye tanto, el hipotálamo –centro regulador de las glándulas periféricas, como son los ovarios-, en un intento por mantener los estrógenos, lo que hace es aumentar su función. Y resulta que en el hipotálamo también está el centro termorregulador, que al incrementar su ejercicio produce estos trastornos vasomotores.”

Sobre los sofocos tiene mucho que decir Salomé, la cuñada de Menchu: “son un no parar. Por la noche te despiertas sudando. Te destapas. Te vuelves a tapar porque te quedas helada. Y te destapas otra vez.” Así constantemente en un proceso rutinario para las mujeres de esta edad, que no solo tienen que combatir contra estas alteraciones, sino que, además, se proponen disimularlas “porque tienes la sensación de que todo el mundo está observando cómo te caen las gotas de sudor por la frente”. “Da mucha rabia que te pase en reuniones o en sitios de cara al público”, afirma Menchu sobre unos sofocos que cada día le parecen más lejanos, pero cuyos ecos se dejan oír de vez en cuando: “Todavía los tengo, en menor cantidad. Desde que me dio la menopausia mi temperatura corporal ha subido notablemente. No puedo evitar acordarme de mi suegra –“es decir mi madre”, aclara Salomé-, que iba en invierno con trajes de verano y decía que de la menopausia había mujeres que se volvían locas”. “Hombre, mamá también era un poco exagerada, porque, por otro lado, ya no te duele la tripa de la regla, y te ahorras una pasta en tampones y compresas”, añade su cuñada, intentando ver el vaso medio lleno.

-O sea, que la menopausia ha marcado a las integrantes de su familia.

M-Por supuesto, como a todas las menopáusicas del mundo, que nos quedamos como en esa película de Almodóvar.

Me habla de Mujeres al borde de un ataque de nervios, pero yo no puedo evitar pensar en Volver, en esas mujeres marcadas y trastornadas por un mismo acontecimiento. Porque otra consecuencia que llegó a la vida de Salomé y Menchu junto con la menopausia fue el aumento de peso. “Antes pesaba cincuenta y tres kilos, ahora sesenta y dos. También es verdad que dejé de fumar”, cavila Menchu, que siempre se había considerado una chica “muy delgada”. Pese a que nunca le ha brindado importancia a su aspecto físico, “lo pasas mal, por unas cosas u otras”.

Este paseo por los distintos círculos del infierno se tradujo en un considerable cambio de carácter y de humor. “Desde que tuvo la menopausia, mamá dice <> tres veces al día”, proclama la hija de Menchu, quien se defiende: “es que me sacáis mucho de quicio, más tu hermano que tú. Bueno… tú también me sacas mucho de quicio”.

No obstante, estos estruendos propios de una tormenta de verano no fueron los únicos en tambalear el talante de Menchu, una persona sin más fisuras que las de su exacerbado nerviosismo, sino que, además, con la menopausia se acentuaron su ansiedad y, “sobre todo”, su tristeza: “yo no había llorado nunca, que tampoco es que me diera por llorar, pero te sientes más débil”. Ante esta fragilidad, Menchu no contó con mucho apoyo: “te sientes bastante sola”. Una circunstancia que no achaca a su entorno; se la achaca, más bien, a su fuerte personalidad, que la lleva a cargar -como Altas- con todo el peso del mundo sobre sus hombros. “Aunque creo que, en realidad, esto le sucede al 90% de mi generación, que fuimos las que rompimos con todo, intentando conciliar la vida laboral con la personal, y eso te hace de una pasta distinta”, agrega.

Para sobreponerse a esa tristeza, recurrió al chocolate, aunque desafortunadamente también se enganchó a otra droga: la nostalgia. “Lo que más pena te da es que ves que se te ha pasado la vida volando, y ya no puedes volver atrás, no las arrugas, los kilos de más o las canas”, reflexiona.

Salóme, ¿cuándo es consciente una de eso?

Hay varios signos, pero cuando se te caen los pelos de…

-De ahí abajo, hija –balbucea Menchu-.

-Sí –retoma Salomé-. Y te quedas como una perdiz. Bueno…encima te salen pelos de vieja.

La vejez en la mujer es uno de los aspectos que contribuye a que la menopausia sea considerada un tema tabú. Las tildadas peyorativamente de “cuarentonas” y “cincuentonas” muchas veces llegan a ocultar su edad o a no celebrar sus cumpleaños, ya que una parte de la sociedad ha asumido que el objetivo femenino es procrear. En cuanto pierden ese atributo, algunas se sienten inútiles, obviando que a estas alturas de la historia se ha demostrado que sus capacidades alcanzan metas mucho más ambiciosas. Este pensamiento contrasta con el de Menchu, que no cree que ese sea el problema de su desazón: “En mi caso, lo que me fastidia es que sufres cambios hormonales que te hacen ver que, a diferencia de cuando te venía la regla, ya no tienes muchos años por delante, y contra eso sí que no puedes hacer nada”.

De momento no se ha inventado un elixir que devuelva la juventud, pero sí se han descubierto algunos tratamientos para vencer la menopausia. El más controvertido ha sido el Tratamiento hormonal sustitutivo, que no convence a muchos ginecólogos por sus efectos secundarios (cefaleas, tensión mamaria y molestias en bajo vientre) y su relación con el cáncer de mama. Según Ana Cris Lou, profesora de medicina de la Universidad de Zaragoza, “a partir de los 5 años de uso puede aumentar el cáncer de mama. Parece favorecer el crecimiento de cánceres de mama preexistentes, es decir, que fuesen pequeños y todavía no se hubiesen manifestado desde el punto de vista clínico”.

Los expertos coinciden: lo mejor son remedios que no impliquen medicación, como el deporte, una alimentación equilibrada, dejar de fumar, la disminución del consumo de café, la fitoterapia y la homeopatía, tratamientos que Menchu ha seguido al pie de la letra. Orgullosa, alardea de que suele andar más de veinte kilómetros cada fin de semana y de que es una de las mejores alumnas de su clase de pilates. Además, ha recurrido a otro procedimiento casero, sin contraindicaciones y que no requiere receta médica: el abanico. Y el vino. Por otra parte, si Menchu sobrevivió a la menopausia fue gracias al acuerdo tácito al que llegó consigo misma: “esto lo tengo que superar, pensé”.

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El inseparable compañero de Menchu: su abanico

Como ella, muchas mujeres se encuentran desamparadas por la medicina: “te proponen el tratamiento hormonal, te lo mencionan, pero no lo aconsejan. Dicen que lo mejor son las isoflavonas de soja y el calcio”. La soja –añade- “funcionará a las chinas que la toman desde siempre, pero a mí poco me ayudó. Además, no la incluye la seguridad social y, como todos los productos naturales, es caro”.

¿Por qué cree que se ha estudiado tan poco sobre ella?

Porque solo ocurre en las mujeres. De la próstata se conoce mucho más porque afecta a los hombres. Y entre que ellos no tienen ni idea de lo que es y un sector femenino se niega a reconocerla, nadie presta atención a este fenómeno que existe desde que existe el ser humano.

“La menopausia no es una enfermedad ni un drama, es un acontecimiento físico que todas debemos pasar. Hay que normalizar el tema, estudiarlo más y abogar por que frases como <<estás menopáusica perdida>> no se usen para hacer daño, como si fuera un delito padecer la menopausia” sentencia, en referencia a ese fenómeno que, según la suegra de Menchu –es decir, la madre de Salomé-, ha vuelto loca a más de una.

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